Al principio así fue la vida

Al principio así fue la vida. A la izquierda, una pareja antiquísima tomando clases de tenis. A la derecha, la bahía de San Juan. El sonido de un avioncito en ruta a Isla Grande. La garita callada. Las hojas sublimes, la brisa entre ellas. Yo bajo el árbol: reconociendo que lo sacrifiqué todo por esto, por este instante. Y la libertad de reconocerlo me abraza, como cualquier abrigo de lana abraza al cuerpo en una invernal noche en Manhattan. 

Es bello notar todos los tipos de abrazos que existen. Igual, ser como mariposas: crecer sólo lo justo. 

Reconocer las vidas dentro de la vida: el rastro de las olas creadas por el pasar de un botecito, la
muralla ancestral, las hojas del árbol que no tocan el suelo, hablar de mi autor favorito por mensajes instantáneos de voz, notar ahora al velero que imaginé (hace dos segundos atrás, mientras describía el rastro de las olas). 

Ver la lista de música titulada “Bienvenida a los 90” de Los Ladrones Sueltos. Intentar poner la canción que me dedicó mi amor platónico sin dedicarme. Notar que no se puede escuchar, aunque mis dedos la pidan sobre la pantalla; aceptarlo como una señal sabrá Dios de qué. 

Notar la algarabía de poder apreciar a los demás sin hacerlos míos. Aceptar la libertad de acción que me pertenece tanto a mí como al mundo.

Convertirme así en la estampa que siempre había imaginado. 

Estar en San Juan: con mi computadora portátil abierta, bajo un árbol, bajo la brisa que describo como a noviembre. 

Estar en San Juan: sin tener que probar mi valor, mis creencias, mis sueños. 

Estar sola.


—Yésica Isabel (2021)