Somos realidad y fantasía. Somos cotidianidad y magia.



Es increíble lo que hace la urgencia del adiós. De pronto se me agudizan los sentidos, y todo, absolutamente todo, asume colores con tonos más brillantes y vivaces. Todo, hasta mi alma. Me convierto, de nuevo, en lo que siempre quiero ser, aquello que abandono por las rapideces de lo cotidiano. Esa persona que no deja de maravillarse ante el milagro de la vida, de las conexiones, de las relaciones, de las decisiones. Claro, aun sabiendo todo esto de primera mano, me resulta curiosa mi reacción ante este 'darme cuenta de la vida'. Pues, a decir verdad, podría leer estas mismas palabras de algún extraño y las recibiría con cierto cuidado, con cierta duda. De hecho, hasta las cuestionaría. Todo, ¿más brillante? Todo, ¿más vivaz? ¿Cómo vino a ser eso posible?

Pues sí. En efecto, la conciencia del adiós me hace percibir todo como realmente es. Sin apuro. Sin rutina. Por ejemplo, hace unas horas al llegar a la casa de siempre me fijé con mayor detenimiento en las flores púrpuras que adornan las escaleras de granito. Y, sin querer exagerar, me maravillé. En primer lugar, ¿cómo es posible que existan flores color púrpura y que caigan al suelo desde lo alto de un árbol al ritmo de la vida? ¿Cómo, en segundo lugar, ese preciso árbol pasó de ser semilla a tronco, de troco a rama y de rama a la más hermosa flor? En tercer lugar, ¿desde cuándo se habrá comenzado a escribir la historia de ese árbol? Y todo eso, en cuestión de segundos. Fue tanta la belleza que me apuré a buscar mi cámara. Pero, interesantemente, algo me detuvo. Me di cuenta de que no quería que ese árbol fuera para nadie. Quería que ese árbol fuera para mí. ¿Y saben? Lo logré. En ocasiones, ni las más bellas fotografías logran capturar la magnífica realidad. Por ejemplo, el poder ver cómo caen esas mismas flores al suelo, sin apuro, sin rutina, nada podría capturarlo.

Luego de ese momento, me aventuré a la tiendecilla de siempre. Esa que tiene espejos en lo alto. Y me miré en el reflejo, a mí y a mi madre. Nos miré en silencio y en cuestión de milisegundos realmente. Lo suficiente como para estar agradecida de contar con una madre que me acompaña a mis pequeñas y grandes aventuras. Me imaginé, en el futuro, cuando su reflejo ya no esté. Aunque sentí nostalgia, también sentí agradecimiento. Por que aquí estamos. Hoy.

En fin, considero que este es un día lleno de realidad y quiero celebrarlo. La mejor forma, pienso yo, es poder compartirlo con los demás. Por eso estoy aquí.

Somos realidad y fantasía. Somos cotidianidad y magia.

Un beso,

Texto y Foto de YINQ © 24 de junio de 2014